In case you didn’t catch any updates on social media, next Friday, May 24th, I’ll be playing live before Felisha Ledesma and for my good friends of Dialektik, at Valencia’s Octubre Centre de Cultura Contemporània, as part of the concert series Layers of Time. Imagine my excitement!! :’)



You’ll find more info at www.dialektik.es, along with the two insightful texts (in Spanish) on the conceptual underpinnings behind Layers of Time that I here share with you.
«Estratos del tiempo» es una metáfora geológica utilizada por el historiador alemán Reinhart Koselleck, autor del libro homónimo, para referirse a la «pluralidad de planos temporales, cada uno con duraciones variables y origen divergente, que sin embargo están simultáneamente presentes y son efectivos». Consideramos, pues, el tiempo no como un asunto para disputaciones metafísicas ni como un concepto perteneciente a las ciencias naturales, sino como un concepto relativo a las ciencias sociales, concretamente a la Historia (Historik) como teoría de las condiciones de las historias posibles, siendo «estratos de tiempo» la teoría de los tiempos históricos. Para un sujeto, estas capas son la manifestación formal de los modos en que se ordena la experiencia y se construyen las expectativas, determinadas y cristalizadas en conceptos. Pero, en una sociedad entendida como un todo, la multiplicidad de cristalizaciones que atraviesan cada concepto histórico como historia sedimentada produce la «contemporaneidad de lo no contemporáneo», la interpenetración de pasado, presente y futuro. La teoría de los «estratos del tiempo» niega una Historia unívoca, construida linealmente, y presupone la existencia de múltiples historias, relacionadas a través de anticipaciones, retardos, imitaciones, repeticiones, inversiones, retrogradaciones, digresiones, desarrollos, resonancias, sincronizaciones, contrapuntos, décalages.
¿Por qué pensar históricamente ahora? Las últimas décadas han estado marcadas por un presentismo que anunció el fin de muchas cosas: de la historia, de la temporalidad, del sujeto, de las clases sociales, de los grandes relatos, del arte. Fue también el fin del futuro modernista contenido en la gran idea de progreso, reducida hoy a una ingenua fantasía tecnoptimista de alta tecnología, reflejada críticamente en la manida sentencia de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo». Lejos queda el vertiginoso dictum de Paul Valéry según el cual el futuro ya no es lo que era (la triste alusión a éste en el álbum de Leyland Kirby sólo puede leerse a través de los giros irónicos característicos de la hauntología), por no hablar del viejo topo de la revolución, que sólo nos acecha como un espectro cada vez más etéreo. En cierto sentido, parece que nuestra época ha ralentizado y congelado el reloj de la historia, cerrando el abismo que, en la modernidad, separaba el recuerdo y la esperanza o —por utilizar las categorías metahistóricas de Koselleck— el «espacio de experiencia» y el «horizonte de expectativas».
Sin embargo, esta aparente parálisis del tiempo histórico no se percibe como quietud y sosiego; muy al contrario, la mutación de la sensibilidad y la cognición producida por la hiperaceleración digital se recibe en buena medida como el aturdimiento y el cansancio que Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus, experimenta en el locutorio de la cárcel: «El ruido me hacía daño». ¿No estará acaso el flujo infinito y constante de información en el ciberespacio produciendo efectos análogos a los que Guy Debord, en una de sus hermosas oraciones, atribuye al espectáculo como capital en tal grado de acumulación que se convierte en imagen, o a la sensación de estasis que ofusca al oyente cuando se enfrenta a las frenéticas y apabullantes composiciones seriales? En estos sistemas, sea el espacio-tiempo abstracto del capital, su desarrollo ciberespacial o el serialismo, el sujeto alienado obedece severamente a leyes que ya no controla en absoluto. Exhaustos, desorientados, frustrados, apáticos, nerviosos, atemorizados, ansiosos o deprimidos, la incapacidad de procesar y representar la polución semiótica que nos envuelve produce efectos patológicos. Pero Meursault escucha y recuerda desde su celda los sonidos de un mundo que merece la pena ser vivido.
Afortunadamente, el último siglo y medio nos permitió escuchar las proclamas hasta entonces silenciadas de esos otros ocultados por el imperialismo o el patriarcado, así como asistir a diferentes intentos por reconstruir los quiebros de la memoria colectiva a partir de los vestigios materiales de una cultura, recordándonos que nuestro «espacio de experiencia» puede revitalizarse con el «horizonte de expectativas» del pasado. Pero la globalización, el correlato político del sistema económico mundial, cambió la categoría del tiempo por la del espacio y sólo paradójicamente facilitó la proliferación de esos discursos tan urgentes mientras negaba sus posibilidades emancipatorias. Sin embargo, el capitalismo parece estar resquebrajándose.
Para legitimar y perpetuar el estado de cosas actual, su correlato cultural o sociedad del espectáculo —que sólo en el capitalismo tardío encuentra progresivamente las condiciones de posibilidad de su dominación a través de los insondables mecanismos de control y vigilancia prefigurados por Kafka— despliega dos puntos programáticos fundamentales. Primero, la negación de la historia, en la que todo es proceso y lucha. Segundo, la estratagema de la representación del mundo como cornucopia, un inagotable proveedor de bienes, servicios y pasatiempos. Los medios de comunicación difunden la narrativa de una sedicente ciencia económica —y toda su ideología y filosofía del individuo autónomo y autodeterminado— que anuncia la falsa inevitabilidad e inmutabilidad del sistema, y las redes sociales simulan falsas comunidades que nos alejan de nuestros semejantes, mientras desde ambos flancos se bombardea a la población con ruidosas fake news. Pero, en un nuevo movimiento virtuoso, el espectáculo logra ocultar la lógica económica que aumenta la desigualdad, acelera la catástrofe ecológica que se avecina, convierte a las personas en mónadas, normaliza los problemas de salud mental y silencia o distorsiona el sonido de los proyectiles del tenso contexto geopolítico.
El único modo de detener la mercantilización y la espacialización del tiempo es reanudar el reloj de la historia. «¡Historizar siempre!» (Fredric Jameson). Pero no podemos olvidar, como señaló Marx, que debemos «dejar que los muertos entierren a sus muertos», poniendo el futuro en primer término. Esto no podrá lograrse sin un audaz movimiento asincrónico que contrarreste el agotamiento de la imaginación teórica y la cancelación de nuestra capacidad prospectiva. Achim Szepanski escribe: «When non-frequency-politics listens to the clock, it does not hear the uniform tic tic, tic, but it hears tic – toc – fuck the clock».
Conscientes de que el tema es de proporciones descomunales, hemos tratado de ofrecer tres formas distintas de vivir y concebir la temporalidad hoy, tres historias de entre las muchas posibles que pueden contarse en la agitación de nuestro tiempo. Quién sabe si tendremos ocasión de ahondar en algunas de esas otras historias en un futuro que se aleja cada vez más hasta desvanecerse.
El término diaristic ambient alude a una expresión musical del método de registro por antonomasia de las experiencias cotidianas únicas o reiteradas de la vida de un sujeto. La investigación de los documentos epocales del género íntimo del diario, así como del género epistolar o la correspondencia personal, constituyen un instrumento historiográfico valiosísimo para la historia social, en cuanto que facilitan la (re)construcción histórica del sentir de una época o lo que Raymond Williams denominó «estructura de sentimiento». Pero la sistematización de estos documentos privados no sólo revela los contenidos de las experiencias y las expectativas de un momento histórico, sino que también ofrece datos útiles para los intentos de resolución de las segunda pregunta básica de la historiografía («¿cómo se llegó a ello?»), de modo que permite iluminar conexiones entre las experiencias del corto plazo y las estructuras económicas, políticas, religiosas o biológicas de larga duración.
El diaristic ambient es un conjunto de límites difusos entre cuyas características notorias se encuentran la utilización de grabaciones de campo, fragmentos de la vida cotidiana o sonidos ASMR y una cadencia íntima y pausada. Las obras subsumidas bajo esta categoría son un reflejo negativo de los estados emocionales y las mutaciones de la sensibilidad y la cognición producidos en la actual etapa del capitalismo financiero, de forma que sus protagonistas actualizan psicológicamente, desde abajo, los efectos de la descripción de Marx del capitalismo como un mago que ha perdido el control sobre sus conjuros. El diaristic ambient es un antídoto contra la hiperaceleración digital, y propone en su lugar un retorno a la ambigüedad, extraña a la fría lógica del código, y una reivindicación de la escucha como instrumento de conocimiento. Frágil, sensual, tierno, espectral o meditabundo, su recorrido fenomenológico y existencial por las coordenadas del cuerpo y su entorno no conduce al aislamiento monádico de un inexistente individuo autónomo; al contrario, su código abierto clava los jalones mínimos pero esenciales de la alteridad, de una comunidad constituida por sujetos empáticos y preocupados por el cuidado de sí y del otro.
El drone de lx artisx estadounidense Felisha Ledesma se aleja parcialmente de las concepciones que absolutizan esta técnica musical como un portal de flujo sónico trascendental. Antes bien, su uso es un recurso que proscribe la regimentación del tiempo bajo condiciones capitalistas, y permite la superposición en diversos planos de recuerdos sonoros de la vida cotidiana, configurando una paleta cálida y orgánica. Felisha Ledesma es —y nos invita a ser— unx akroatiker, un neologismo derivado de akroasis, término utilizado en la pedagogía de la antigua Grecia para identificar el aprendizaje a través de la escucha, en oposición a la visión (aisthesis).
Felisha Ledesma, residente en NTS, realizará en Octubre CCC un directo con la última actualización de AMQR, un sintetizador personalizado que desarrolló junto al diseñador de instrumentos Ess Mattisson, con quien fundó posteriormente Fors, proyecto de tecnología musical centrado en la creación de instrumentos de software.
Si Ledesma utiliza el drone y las grabaciones de campo para realzar la experiencia de la cotidianeidad, cosmic lithium hace lo propio a través del descuartizamiento, la fragmentación y la abstracción de loops —muchos loops— de archivo que cincela por medio del collage y el glitch. En Empty Loops, un encargo de Dialektik, estos loops, de orígenes y tamaños diversos, emergen a través de procesos aleatorios y deliberados, impidiendo la iteración de interpretaciones idénticas, un método que señala la unicidad y la repetición de la experiencia y la existencia de diferentes planos temporales. Pero la formación clásica de cosmic lithium le permite trazar un recorrido que organiza y reconstruye la sobreabundancia de datos brutos de la experiencia dispersa, conectando el pesimismo con la esperanza: riqueza y contraste armónico, elaboración de planes tonales más o menos complejos, integridad y desarrollo motívico, direccionalidad macroformal, todo por encima del hoy habitual énfasis en el timbre por encima de cualquier otro parámetro compositivo.